Anecdotario eclesiástico

Toda vez que los ángeles se ríen mucho de la gracia de Dios, y que pueden volar gracias a que no cargan con la pesadez de la soberbia, bueno será auto otorgarnos una no pequeña cantidad de humildad, con la calidad necesaria y suficiente para reirnos de nosotros mismos, pues, no en vano, este es un jubileo, jubilar y jubiloso.

Roncalli, Nuncio en Francia, después Papa Juan XXIII, recibe en la nunciatura francesa a toda una serie de políticos galos, entre los que se encuentra una señora con despampanante escote, impropio de una recepción de esa guisa. La expectación de la concurrencia era grande por conocer la reacción del diplomático prelado. El futuro Papa, manda traer una manzana y se la ofrece a la dama. Ante la interrogación de la susodicha, el Nuncio la anima:”pruébela usted, porque cuando Eva la mordió en el Paraíso, se dio cuenta de que no estaba vestida”.

(A propósito: sería bueno revisar las vestimentas en la BBC, o sea, en las bodas, bautizos y comuniones. No es propio hacer las lecturas de la boda con una falda que no llega ni a bufanda, especialmente si el presbiterio de la iglesia está muy alto… por lo que pueda pasar. También es impropio recibir el pésame del abuelo en la escalinata del altar, luciendo un ombligo lleno aderezos colgantes y punzantes. Un pésame no es un lugar especialmente erógeno… y un altar tampoco, pues de otro modo nadie se fija en los dolientes y sí en el ombligo. Este cura puede asegurar que no miente.

¡Cosas veredes, Sancho amigo!)

Otra de Roncalli. ¡Hay que ver lo diferentes que son los Papas!. Mientras Pio XII se adormecía con el ruido de las zancadas de los guardias suizos, Juan XXIII pasó, según propia confesión, las dos primeras noches de su pontificado completamente en vela…, y no por las preocupaciones del cargo, pues era hombre sencillo de los que duermen como un niño, si no porque el rítmico paseo del centinela ante su alcoba le impedía conciliar el sueño. De resultas de lo cual, a eso de medianoche, las puertas del dormitorio papal se abren y aparece el Sumo Pontífice en pijama; el pobre muchacho suizo no da crédito, pero se arrodilla ofreciendo la alabarda, en el tradicional saludo. El entrañable anciano, sonriente, le ordena: “hijo, primero aparta la lanza si no quieres dejar tuerto al Papa; segundo, di a tu comandante que te relevo de este servicio, será la única forma de que durmamos tanto tú como yo”.  El suizo se eleva y descubre, uniendo sus botas en posición de firme. El Papa se adentra en su habitación lamentando: “¿era necesario también lo del taconazo?”.

(Cuántas tonterías nos sobran).

La familia Roncalli era sencillísima y más del campo que San Isidro. El la Misa de la coronación del Papa se pudo ver a hombres con el traje de pana negra y la camisa abrochada sin corbata, como era de rigor en el campo, y a las mujeres con el ajustado pañuelo en la cabeza, tan propio del campo italiano… y español. Una de las hermanas portaba un abultado atillo de mantel anudado por sus extremos. Ante el requerimiento de los encargados del protocolo para guardarle el “equipaje”, la hermana advierte: “tengan cuidado, son las chacinas de la matanza para mi Juan, porque me han dicho que en el Vaticano se come muy mal”.

(La sencillez es el privilegio de los limpios de corazón).

Convento: dícese del lugar donde trabajan las “sor”. sor-presa, monja prisionera; sor-prendida, monja colgada; sor-prendente, monja colgante; sor-te, monja afortunada en lengua catalana; sor-bete, monja que ordena irse con falta de ortografía; sor-tilegio, monja superticiosa; sor-teo, monja que juega a la lotería; sor-tija, monja redonda; sor-teada, monja inglesa que toma “the” a las cinco; sor-bo, monja que toma sopa a trompicones…

Pasemos a los curas en anécdotas plenamente auténticas:
El cura de la Ermita dice a sus feligreses: “no tenéis de qué preocuparos, porque ya tenemos el dinero necesario para pagar la nueva calefacción”. (se produce un murmullo de admirada aprobación general entre los asistentes a la Misa dominical), el cura continúa: “lo que pasa es que ese dinero está todavía en vuestros bolsillos”.

Se celebra solemne novena con exposición de Santísimo. El gran templete barroco para la custodia, es tan alto que dispone de una escalerilla posterior para servir la Sagrada Forma, descorriéndose después unas ricas cortinas que la muestran durante el culto. A los sones del órgano y los himnos rituales el cura, con la gran capa pluvial repleta de bordados, comienza la incensación, en medio del recogido fervor, lleno de silabeantes silbos silentes de la concurrencia… En esto, el sacristán le avisa: “¡Don José!” – respuesta: “¿Qué quieres ahora?”. Sacristán: “Que la custodia está vacía, que nadie ha puesto al Señor. Que… ¿qué hacemos?”. El cura: “que ¿qué hacemos?…el ridículo, hijo mío, ¡¡¡el ridículo!!!”.

Efectivamente, el preste estaba incensando con toda solemnidad… la nada.

Del mismo cura, en una muestra de modismos populares verdaderamente antológica: viniendo de administrar los últimos sacramentos a un enfermo, el ensotanado párroco trae el roquete blanco  y la estola morada sobre el brazo, y la carterilla que contiene los Santos Óleos. La paisana lo mira desde el fondo de la calle y vocea: “Don Jozé, ¿quén ha jincao el jopo que viene ustez con el jato?”.

(Pronúnciese exagerando las jotas)

Una muestra verídica de discreción vaticana: sala Clementina, o sea, ante sala de la Capilla Sixtina y del despacho oficial del Papa. Un caballero nervioso ante el inminente recibimiento del Pontífice, pregunta con algo de ansiedad a uno de los “Gentil hombres” de la Casa Pontificia, seriamente ataviados de chaqué morado: “¿aquí se puede fumar?”. Respuesta: “Hombre, con estos suelos y estas pinturas y estas bóvedas, comúnmente no. En hombre insiste: pues el Cardenal de aquella esquina está fumando… Respuesta: “Sí, pero su Eminencia no ha preguntado”.

La belleza del encuentro y la acogida

Yo, Guadix, vivo en un continuo ejercicio de acogida de los peregrinos venidos con ocasión del año Santo de Gracia – Poveda.
Hete aquí que, a primera hora de la mañana, enfilo la cuesta que lleva desde la Avenida del Obispo Medina Olmos hasta la Ermita Nueva. Percibo, en este lunes día 22 de agosto, una notable afluencia de inmigrantes sudamericanos, dispuestos a trabajar en diversas cosechas de frutas. Mientras asciendo por San Antoñico rezo por todos los que están muy lejos de su hogar, acompañado del frescor reconfortante de la mañana limpia.
Ya a la altura de la Cañada de los Perales, vuelve mi rezo a enfrentar el asunto de la inmigración, a cuenta de la presencia de tres personas, una de rasgos orientales y otras dos de piel muy oscura. Se trata de dos mujeres, y un varón, los tres jóvenes, aunque con esa indefinición cronológica tan propia de Asia, según descubriré después.
Los confundo con más buscadores del sustento en medio de nuestra opulencia… en crisis, pero repleta de seguridades que contrastan hasta el horror con la inseguridad del mal llamado tercer mundo. Me equivoco de todas, todas. En un castellano tan tambaleante como mi inglés, se dirigen a mi y, ¡oh sorpresa!, me preguntan por la iglesia de la Virgen de Gracia… lo que no es muy común a esas horas tan tempranas, ni siquiera al día siguiente de su fiesta.
Averiguo que se trata de tres participantes de las Jornadas Mundiales de la Juventud, llegados directamente desde Madrid, tan cansados como decididos a no volver a sus islas Filipinas, en el caso de la mujer mayor, como a la India, en el de la pareja de jóvenes, sin haber visitado los lugares accitanos de San Pedro Poveda y de la Virgen de Gracia.
Su alegría por haber dado directamente con el párroco es sólo comparable a la mía, cuando compruebo, una vez más durante este Jubileo, la repercusión de la obra de Poveda en el mundo.
Tras enseñarles las cuevas de la Virgen y de San Pedro, los dejo en manos de las Teresianas, que los acogen con la maestría de siempre y les ofrecen sustento y descanso.
Ya de nuevo en la soledad del templo, a los pies de la Virgen, todavía en su paso procesional, rodeada de copiosos nardos que se apiñan para ser perfumados por la fragancia elegantísima de la Madre, me admiro en clave de gratitud honda.
Acaso, si yo hubiera soportado el cansancio de las J. M. J. ,y la noche al raso del aeródromo de Cuatro Vientos, seguramente no se me habría ocurrido recorrer en tren la distancia hasta Guadix, sólo para pisar las huellas espirituales de San Pedro Poveda. Estos lejanísimos peregrinos, desde la otra parte de mundo, no querían volver a Asia sin conocer nuestras cuevas. Aún siendo verdad que recibimos continuas peregrinaciones muy remotas, pero más organizadas, estos tres, con los que he tenido la oportunidad de subir el último tramo de la cuesta cuevera, han dejado en mi la huella de la precariedad, la semilla espontánea de lo provisional, el dinamismo de la decisión que vence el cansancio.
Si de entre todas las muchas cosas que se pueden ver en España antes de volver a sus remotas tierras, alguien elige mis cuevas por razones puramente espirituales, vengo en pensar que, posiblemente, no valoramos de manera suficiente lo que tenemos tan a mano.
La feliz casualidad de este encuentro, no ha podido estar más repleta de la mejor belleza.

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