Cuevas de Guadix

Estamos en el mayor conjunto de cuevas habitadas del planeta. Esta singularidad se debe a múltiples motivos: geológicos, históricos, sociales y culturales, con importantes referencias religiosas.

La geología

La arcilla es una roca caliza blanda pero compacta, que se endurece más a causa del oxígeno. Ello ha determinado la facilidad para excavar cuevas artificiales a través de los siglos, desde la prehistoria hasta nuestros días. Si esta zona no fuera tan arcillosa, jamás habría podido excavarse una cantidad de cuevas tan numerosa: más de cinco mil en todo el ámbito de los valles de Guadix. Así, cada cueva se compone de túneles y cubículos, sucesiva y simultáneamente dispuestos, al frente de la entrada, y a ambos lados de la misma, de mayor o menor amplitud y extensión, dependiendo del cerro de que se trate y de las lindes con otras cuevas vecinas. Toda cueva dispone de otros túneles verticales, redondos y más estrechos, a modo de respiradero para la chimenea que, exteriormente se manifiesta de manera muy característica. Por otra parte, la evacuación de los materiales de deshecho de la excavación, termina formando una terraza de entrada, a modo de placeta, que se allana para el acceso e inclina para la evacuación del agua de lluvia.

La orientación de las entradas de las cuevas, es tan múltiple como la rosa de los vientos, pues depende de los accesos y de la calidad y volúmenes del cerro, amén de las propiedades colindantes. Toda la segura y severa construcción subterránea se establece dentro de un alto grado de comunión con la naturaleza y respeto ecológico, propio de una ancestral cultura que, lejos de competir con el medio ambiente, lo respeta y transforma con gran veneración y sumo afecto. Toda la zona se organiza en cañadas y barrancos cuyas formas no podrían ser más variadamente caprichosas, tanto como las infinitas posibilidades de la erosión sobre las cárcavas de arcilla, auí interrumpidas y decoradas por las fachadas de cal que enmarcan cada una de las entradas a las cuevas.

La historia

Estamos situados en el paso natural desde el norte al sur y viceversa de la Sierra Nevada. El asentamiento humano de Guadix tiene cuatro mil años, nada menos, según los testimonios arqueológicos, por ser el paso de los ganados en sus migraciones estacionales y constituir un cruce de caminos desde hace milenios. Los vestigios de las culturas argáricas e ibéricas son abundantes. Serán Julio Cesar y Augusto quienes establezcan la “Colonia” y el “Municipio”, y con ello el paso de “oppidum” (población) a “Cívitas” (ciudad), perfectamente estructurada en sus instituciones.

Conocemos cuevas excavadas en estos largos periodos, ya sea como cementerios o con usos agropecuarios, como graneros y establos o apriscos, compaginados con hábitat humano, si bien no generalizado todavía.

Será en la alta edad media cuando la eclosión monástica del periodo visigodo favorezca la aparición de eremitorios y cenobios en las cuevas de Guadix. No es extraño que en periodos violentos, algunas cuevas hayan soportado usos militares, más defensivos que agresivos y más guerrilleros que oficialmente militarizados.

La invasión musulmana, tanto árabe en las clases dominantes como bereber en las populares y campesinas, determina la enorme ampliación de las vegas de los ríos, por la construcción de sendas acequias en ambas márgenes, a cincuenta y hasta cien metros de los cauces naturales. Esta paulatina transformación del secano en regadío provoca la aparición de multitud de cuevas para uso humano, agrícola y ganadero, conjugadas, donde es posible, con las terrazas, terraplenes y “paratas” en que se organizan los terrenos del cultivo huertano y de la vega toda.

Tras la reconquista de los Reyes Católicos, Guadix vuelve a manos cristianas después de más de siete siglos. Durante el reinado de Carlos I y la primera mitad del de Felipe II, aún se conserva la esperanza de la importancia de la ciudad, pero a partir de la guerra de 1570, y el aplastamiento y exilio multitudinario de la población morisca, se pierde la riqueza secular del cultivo de la seda y se repuebla el valle con gentes de alubión, sin a penas preparación para poder llevar a cabo una revitalización económica.

Pero muchos exiliados vuelven clandestinamente de los puntos castellanos y extremeños de la deportación e incluso desde el norte de África. Será ahora cuando la excavación de nuevas cuevas alcance, extramuros de la ciudad, su gran impulso histórico, multiplicándose de manera extraordinaria y creciendo en intensidad y extensión.

La sociedad

La sociedad accitana miró hacia otro lado ante el fenómeno cuevero, entre otras razones porque le venía bien la presencia de braceros para las faenas agrícolas y no disponía de medios para atajar el “secreto” retorno.

Junto al Guadix amurallado y “ciudadano”, creció otro en situación irregular, más apartado y clandestino, cuyos habitantes, haciendo de la necesidad virtud, supieron fabricar viviendas sólidas, bien distribuidas y climatizadas, toda vez que la temperatura interior de la cueva es inalterable en sus 20 a 22 º, tanto en invierno como en verano.

Esta situación de un cierto apartamiento no ha de confundirse con la de suburbio, pues se trata más bien de una suerte de “situación especial”, en virtud de al cual las cuevas han mantenido costumbres propias en ámbitos tan importantes como el matrimonio mediante el “rapto” de la novia, o sea, la huída pactada como un hecho por parte de la pareja. Es destacable como ni la milicia ni la religión, institucionalmente tan sólidas, han calado en plenitud hasta permeabilizar totalmente el mundo de las cuevas. Una especie de complicidad social, mucho más profunda y ancestral que la conciencia de clase, ha hecho pervivir usos y costumbres peculiares, que van desde la familia al sepelio y desde la vecindad a la gastronomía, pasando por la”mili” o la escolaridad.

La cultura

La cultura cuevera es esencialmente agropecuaria y se inscribe dentro de la general condición de las familias de braceros de Andalucía, con pequeñas explotaciones de auto subsistencia y alquiler del trabajo a bajo coste durante las temporadas de recolección. Las propiedades, por lo común, estaban en manos de los habitantes de Guadix. Expresiones todavía en uso, como “bajar a Guadix” o “subir a las cuevas”, marcan la diferencia más que notable.

Hasta hace poco tiempo se conservaron vestidos, sobre todo femeninos, vocablos y modos de cortesía, verdaderamente originales y arcaizantes.

Las cuevas de Guadix se asoman a la gran cultura a través de la genialidad literaria de Pedro Antonio de Alarcón, cumbre de las letras accitanas, cuya novela “El Niño de la bola”, retrata idealizadamente, aunque con realismo descriptivo y no poco romanticismo, como es propio del autor puente hacia el 98, la vida de esta zona de Guadix: Manuel Venegas, el protagonista, niño rico venido a pobre por la ruina de su familia en la guerra de la Independencia – tema querido y autobiográfico de Alarcón – se enamora desde la infancia de Soledad, la hija del acreedor y prestamista de su padre, muerto en el incendio del palacio familiar (concretamente el de Villalegre). El rezo constante del joven ante la imagen del Niño Jesús de la Bola, preciosa pieza del siglo XVII que se conserva el la parroquia de las cuevas, hará que Manuel sea conocido por ese apodo, mientras es criado por un pobre y solícito cura. Vuelto rico de hacer las Américas, Manuel encuentra su oportunidad de bailar con Soledad durante el llamado “baile de Rifa”; se trata de una costumbre vigente hasta la mitad del siglo XX, mediante la cual el “Cascamorras”, figura ancestral de Guadix, recibe las pujas de los que desean danzar con las mozas o impedir tal danza, a base de limosnas en las fiestas navideñas en honor del Niño Jesús de la Bola, así llamado por la del mundo que sostiene en su mano. El mortal abrazo del baile pone trágico final a la epopeya. Alarcón retrata, con realismo idealizado y simbólico, el ambiente cuevero del Guadix decimonónico.

La religión

Pero si las cuevas se asoman a la cultura a través de la obra de Alarcón, la cultura se asoma a las cuevas mediante la obra de San Pedro Poveda, en los albores del siglo XX. La fundación de escuelas por parte del entonces joven sacerdote, repletas de los principios de la pedagogía activa y participativa, tanto masculina como femenina, prefigura y anuncia la gran obra de la Institución Teresiana y su repercusión internacional en la evangelización mediante la educación y la cultura.

La presencia de un magnífico lienzo de la Virgen de Gracia, datable a finales del siglo XVII, albergado en un hipogeo, o cueva Santa, excavada con fines litúrgicos y dotada de altar, presbiterio y púlpito, conocida como “ermita nueva”, constituye hasta el siglo XX el más sobresaliente esfuerzo evangelizador, que alcanzará con la acción de Poveda sus cotas de mayor incidencia humanizadora y evangelizadora.

San Pedro, impactado por la realidad del analfabetismo y la pobreza, construye escuelas como medio evangelizador y cauce de regeneración personal: “desde que estuvo aquí el Padre Poveda, yo soy más persona”, diría “Juanico el gitano”, personaje popular en Guadix y uno de sus más longevos alumnos, que hoy aparece en fotos de la época y monumentos de inmortal bronce, acurrucado junto al Santo Apóstol de las cuevas.

Tanto la Virgen de Gracia como San Pedro Poveda, anuncian, simbolizan y expresan lo mejor de la historia y de la vivencia de la fe en la Ermita Nueva de Guadix.

La obra en forma de libro que adjuntamos, titulada Ermita Nueva, centro espiritual y social de las cuevas de Guadix, recopilada por Don Rafael Varón, Párroco de las cuevas durante cuarenta años y promotor de la coronación de la Virgen, ayudado por Don Diego Casado, alumno y posteriormente profesor del Colegio Padre Poveda adjunto al templo parroquial, dan buena cuenta de la acción eclesial en este enclave único.

Manuel Amezcua. Párroco de Gracia