Jubileo

El Jubileo es:

– Una fiesta de la misericordia de Dios: el perdón completo, llamado indulgencia plenaria o gran perdonanza, nos ayuda a reestrenar nuestra condición de bautizados.

– Una fiesta del cambio personal: nuestro arrepentimiento y conversión renuevan nuestras actitudes y sentimientos para dar frutos de buenas obras.

– Una fiesta, anunciada ya en el Antiguo Testamento por las “yóbel”, o grandes trompetas de marfil y oro, que sonaban cada cincuenta años en Jerusalén, anunciando el “Año de Gracia”.

– Cuando Jesús quiere resumir su mensaje salvador en el Evangelio de San Lucas, lo hace con un anuncio Jubilar, tomado de Isaías:

Llegó Jesús a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entrón en la sinagoga en sábado y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro del Profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el pasaje donde está escrito: el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos y dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.
Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos clavados en ÉL. Y ÉL comenzó a decirles: hoy se cumple ante vosotros esta profecía que acabáis de oír.”

Los dones del Jubileo:

– La peregrinación, para dejar que Dios llegue hasta nosotros y encontrarnos plenamente con Él en el camino de nuestra vida.

– La oración por la paz, en comunión con toda la humanidad, especialmente con los más pobres y los que sufren cualquier opresión o violencia.

– La oración por el Papa, ayudándole en el servicio en la unidad de todas las iglesias, heredado de San Pedro, según el mandato de Jesucristo

– La convención del corazón, mediante la celebración del Sacramento de la Penitencia, que renueva nuestro Bautismo.

– La participación en la Eucaristía, como plenitud de la vida cristiana, en comunión con Jesucristo.

– La imitación de la Virgen María y de San Pedro Poveda, en la alegría jubilar de reproducir en nuestras vidas su misma sencillez, vida interior y capacidad de servicio.

HOMILÍA EN LA APERTURA DEL AÑO JUBILAR DE GRACIA

Queridos hermanos en el Señor:

Hace algo más de cien años, en 1.902, llegó a este barrio de las Cuevas de Guadix un hombre, Pedro; era un joven sacerdote, el P. Poveda. Venía con la misión de predicar en la Cuaresma en un barrio marcado por la pobreza y la marginación social. La distancia con el centro de la Ciudad es corta, la separación que marca la pobreza enorme; pero los hombres de Dios, como Poveda, no miran las apariencias sino el corazón. Vio la pobreza material, pero también descubrió la riqueza de estas gentes, por eso los cueveros le robaron el corazón.

Al llegar a las Cuevas descubrió en su interior lo que tantas veces había contemplado desde la atalaya de la Alcazaba, en el viejo Seminario. Sin embargo, cual Moisés ante la zarza ardiendo, experimentó que el corazón del barrio accitano estaba en la Ermita del siglo XVII, que custodiaba un precioso icono de la Virgen, bajo la advocación de Gracia. Fue su empeño restablecer el culto a la Madre de Dios, es decir, el amor a la Mujer que nos ha dado la gracia en Cristo.

Y con María, desde María, a Cristo. Así lo expresa el Santo: “Como el fundamento de la educación y la base de todo progreso moral y material es Jesucristo, en el que tenemos toda nuestra esperanza, lo primero que hicimos fue instalar el Santísimo Sacramento en nuestra Ermita”.

Con esta sencillez, en medio de la pobreza, sembraba Dios en la tierra buena de Pedro Poveda la semilla que con el paso de los años se convertirá en un árbol grande: el anuncio del Evangelio a través de la educación y la cultura que se ha hecho realidad en la Institución Teresiana, fundada por San Pedro Poveda, en otra Cueva, la de Covadonga, en 1.911, cuyo primer Centenario nos disponemos a celebrar.

Sr. Cura Párroco y hermanos sacerdotes.

Querida Directora General de la Institución Teresiana, Dña. Loreto Balleter. En su persona saludo a todos los miembros de la Institución Teresiana, extendida por 30 países del mundo, al tiempo que los felicito por este acontecimiento de gracia que nos disponemos a celebrar.

Un saludo muy especial a todos los miembros de la Institución Teresiana que habéis venido hasta este lugar santo para la apertura del Año Jubilar.

Queridos religiosos y religiosas, miembros de los Institutos seculares y las Sociedades de Vida apostólica.

Sr. Alcalde y dignas autoridades, que como siempre nos honráis con vuestra presencia, haciendo patente la necesaria y  siempre posible colaboración entre la Iglesia y las administraciones públicas, por el bien de la sociedad y de los que la formamos.

Queridos cueveros que hoy os vestí de gala para celebrar a la Madre y Señora de las Cuevas, la Virgen de Gracia, y al que ha sido, y sigue siendo, guía de este barrio, el P. Poveda.

Queridos hermanos y  hermanas.

1. Hace un momento hemos realizado el simbólico gesto de la apertura de la Puerta, ahora Puerta Santa, que da inicio a este Año Jubilar, concedido por el Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, a través de la Penitenciaría Apostólica. Una gracia que el Señor nos concede, una oportunidad para abandonar el hombre viejo que hay en nosotros y revestirnos del hombre nuevo, Cristo.

Desde aquí agradecemos el gesto que el Santo Padre ha tenido para con nosotros, y le reiteramos nuestra filial devoción y sincera adhesión  a su persona. Sabemos que la comunión con la Iglesia y con el Sucesor de Pedro es la garantía de fidelidad a Cristo y de abundantes frutos en la misión que se nos han encomendado.

Como he escrito en la Carta pastoral con motivo de este Año Jubilar: “Un Jubileo es, ante todo, una experiencia de la misericordia de Dios y de la capacidad de cambio del hombre cuando corresponde, consciente y libremente, a la gracia divina. Experimentar la hermosura y la grandeza del perdón misericordioso y la belleza del cambio que se produce en la conversión, son los fines auténticos y más profundos de un Año jubilar, al tiempo que sus mejores frutos”.

En definitiva, el Jubileo es una invitación a renovar la gracia del Bautismo. Redescubrir el don de la fe es una puerta abierta a la esperanza, es la posibilidad de cambiar porque la conversión no depende de nosotros, es obra de Dios en el corazón humano.  Dios nos invita siempre, solo espera nuestra respuesta libre. ¿Si dejáramos que la gracia bautismal creciera en nosotros y a través nuestro se manifestara en el mundo?. Os invito a renovar esta gracia.

El Jubileo nos acerca también a los hermanos; nos saca de la indiferencia en la que caemos con frecuencia, y que nos lleva a pasar al lado del otro sin mirar, sin escuchar, sin detenernos. Los otros tienen rostro, la pobreza tiene rostros. Es necesario que los cristianos descubramos los rostros de la pobreza, los de siempre y los nuevos de hoy; hemos de procurar que el corazón endurecido se transforme en un corazón de carne, un corazón capaz de amar al prójimo como a nosotros mismos. Que los otros nos roben el corazón, porque sólo así comprenderemos cómo es el corazón de Dios y viviremos en Él. La obra del Jubileo ha de ser una obra caritativa y social.

2. La Puerta Santa es la puerta que da acceso a la Cueva donde se custodia y venera la imagen de la Virgen de Gracia. La Virgen con su Hijo en los brazos nos anuncia que no hay más que una puerta: Cristo.

El mismo Jesús, en el evangelio, nos ha dicho: “Yo soy la puerta” (Jn 10,7). A la salvación sólo se llega por Jesús. No hay más puerta de acceso a Dios y a su gracia que la presencia humanada del mismo Dios, el Hijo Unigénito, encarnado en el seno de María, la Virgen.

El evangelio de este domingo nos recuerda la experiencia de Zaqueo, es la misma experiencia de tantos hombres y mujeres que quieren ver a Jesús. Que se suben al árbol del deseo más profundo que hay en el alma humana, se suben para ver que Jesús pasa. Puede, incluso que los árboles a los que los hombres nos subimos no nos muestren la verdadera imagen de Jesús que pasa, incluso que nos impidan verlo. Sin embargo, siempre es bueno apartarse del tumulto de la masa para buscar una atalaya que nos permita ver y gustar a ese Jesús que, incluso tantas veces sin saberlo, ansía nuestro corazón.

En la experiencia de Zaqueo, encontramos también la experiencia del modo de hacer de Dios. Zaqueo es el buscador encontrado, no encuentra él a Jesús, es Jesús el que lo encuentra a él; y en Jesús va a encontrar la verdad de sí mismo.

Precioso ejemplo para el hombre de hoy, buscador sin horizonte, que busca sin saber que busca. Le arde el corazón por la añoranza de lo eterno que de sentido a lo que es y a lo que hace. El hombre que se ha subido al árbol elevado del progreso, del poder del hombre; el hombre marcado por el ritmo de la cultura científica y técnica; el hombre esclavo de su propio poder. A este hombre también hoy le dice Jesús: “Baja enseguida porque hoy tengo que alojarme en tu casa”.

Dios busca al hombre, queridos hermanos, quiero hospedarse en nuestra casa. Si le dejamos entrar en la casa de nuestra vida, el se convertirá en la puerta, una puerta segura, la puerta de la salvación.

La presencia  del Señor transformó a Zaqueo, esa misma presencia también nos puede transformar a nosotros si dejamos que Cristo entre en nuestra casa y la transforme; hay que dejar que el Señor entre a cada rincón, también a ese de mi vida que no quiero abrir. Cristo lo transforma todo, lo salva todo.

 “Hoy ha sido la salvación de esta casa”. Al comienzo de este Año Jubilar, también nosotros podemos repetir: Hoy entra la salvación a esta casa, y es que el Hoy de Dios es eterno. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.

3. Esta experiencia del amor de Dios configuró también la vida de San Pedro Poveda, el apóstol de las Cuevas. Aquí, en este mismo lugar, experimentó la presencia de Dios que lo llamaba a evangelizar una realidad siempre actual y siempre difícil: la educación y la cultura.

Ante la pobreza de este barrio y la humildad de sus gentes, se abrieron sus ojos para ver a Dios que ama a todos, como nos ha recordado el sabio de Israel en la primera lectura: “Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has creado”. Si Dios los ama, cómo no podríamos amarlos nosotros. “Son tuyos, Señor, amigo de la vida”.

La santidad es descubrir a Dios en todas las cosas, vivir en Él y para Él. Configurar la propia vida en la voluntad de Dios. Vivir y anunciar al Dios de la vida que crea vida con su presencia. Todos estamos llamados a crear vida, a defenderla y propiciar caminos de vida digna para todo hombre. Al fin y al cabo, somos instrumentos de Dios, así lo vivió y lo expresó el P. Poveda: “Allí fui instrumento de Dios para muchas cosas buenas, pero instrumento y nada más. El bien fue para ellos, para aquella gente”. Son palabras referidas a su trabajo en las Cuevas. Y su único deseo: “regenerar a las familias, por medio de los chicos, pero sin olvidarnos de los mayores”. Palabras que no ha perdido nada de actualidad y que marcan un estilo y un programa para nosotros hoy.

Pedro Poveda, el que había puesto al Señor en el Sagrario y la devoción a la Madre Santísima, tenía pocos meses después de su llegada a las Cuevas un proyecto educativo que sorprende: Las escuelas del Sagrado Corazón, con clases para niños, talleres para adultos y un comedor para los que lo necesitaban; y un deseo en su corazón, derribar el muro que separaba la Ciudad de las Cuevas. Para comprender la fuerza de Poveda hay que escucharlo cuando dice: “Creer bien y enmudecer, no es posible”. El P. Poveda era, simplemente, un Testigo, un testigo del Amor de Dios.

El pueblo lo entendió, porque el lenguaje de la santidad  es comprensible para todos, por eso el niño que vemos apoyado entre las piernas del P. Poveda, cuando era viejo, y a la pregunta de qué había hecho Poveda en las Cuevas, contestó simplemente: “Desde que el P. Poveda estuvo en las Cuevas somos mejores”.

4. La presencia del carisma de San Pedro sigue viviendo bajo la materna mirada de la Virgen de Gracia, cuya imagen inspiró la obra del Santo.

Como he dicho en mi Carta pastoral, la Diócesis de Guadix se une a la acción de gracias de la Institución Teresiana, en esa memoria agradecida por el don del Espíritu que inspiró a San Pedro Poveda. Sabemos que la memoria nos tiene que llevar al compromiso de seguir llevando el Evangelio al mundo de la educación y la cultura, grandes retos también de la Iglesia hoy. El mundo de hoy necesita hombres y mujeres de Dios como los describiera el P. Poveda: “Los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni porque deslumbren, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos, por aquellos que sentían los apóstoles en el camino de Emaús cuando iban en compañía de Cristo resucitado, a quien no conocían, pero sentían los efectos de su presencia”.

5. Mi última mirada se vuelve a Santa María, la Virgen de Gracia, en el día que se cumple el 50 aniversario de su coronación canónica por mi antecesor, D. Rafael Álvarez Lara.

La imagen entrañable de la Virgen que recoge entre sus brazos a Jesús Niño. El Divino Niño que descansa en Ella, y Ella que descansa en Él. Es la imagen de la identificación del Misterio de María con el Misterio de Cristo. La cabeza de la Virgen inclinada y reposando en la del Hijo muestras la esencia de la vida cristiana: Sin Él, sin Cristo no podemos hacer nada.

Y los dos, Madre e Hijo, nos miran con dulzura, invitándonos a formar parte también nosotros de esa escena, de ese Misterio. Junto a Jesús, en los brazos de María estamos nosotros, ponemos a tantos hombres y mujeres que necesitan unos brazos que los recojan de la soledad y la falta de amor y los protejan del frío de un mundo sin rostro humano.

María es la mujer de fe, referencia siempre para la fe de nuestro pueblo. Ella fue la primera y mejor educadora de Jesús en Nazaret; ella sigue siendo modelo para el pueblo cristiano.

Teniendo ante nuestros ojos a María, queridos hermanos, hemos de esforzarnos en educar a las nuevas generaciones en la fe. La transmisión de la fe es un bien para el hombre y para la sociedad. Los niños y los jóvenes deben descubrir a un Dios que los ama y que da sentido a sus vidas. El hombre que es capaz de Dios, tiene, por naturaleza, la necesidad de abrirse a Dios que llena su vida de sentido. Privar a las nuevas generaciones de esta visión trascendente es negarles el camino a la verdadera felicidad”.

Frente a un mundo que propone una educación en la que Dios no tiene lugar, en una cultura en la que todo empieza en el hombre y acaba en él; nosotros, hemos de educar en la virtud y para la virtud. No bastan para un cristiano los valores sin más, es necesaria la virtud. Educar es también hacer hombres y mujeres virtuosos”.

6. Queridos hermanos, os invito a hacer de este Año de Gracia una oportunidad para renovar nuestra vida cristiana, que ha de ser un camino de santidad, teniendo como ejemplo a la Virgen, bajo la advocación de Gracia y  a San Pedro Poveda, el apóstol de las Cuevas.

Que las palabras del propio Santo sean un deseo y una oración para el Jubileo.

Señor, que yo piense lo que tu quieres que piense; que yo quiera lo que tu quieres que quiera; que yo hable lo que tu quiere que hable; que yo obre como tu quieres que obre. Esta es mi única aspiración”.